El grado de bienestar/malestar de los seres humanos depende de numerosos factores, como de su estado de salud individual, de su nivel educativo, de la disponibilidad de suficientes recursos económicos y de su integración y participación efectiva en los procesos sociales fundamentales, como son los que tienen lugar en la familia, la escuela, la empresa y las diversas instituciones sociales que caracterizan los estados democráticos desarrollados, a través de las cuales podemos construir un proyecto de vida satisfactorio. Lo que depende, tanto de las capacidades desarrolladas por cada persona, como de las oportunidades que le ofrece la sociedad en la que vive, sobre todo durante la infancia y la juventud. Ambos factores mediadores dependen esencialmente de la calidad de los vínculos interpersonales y, especialmente, en el seno de las familias, en los centros educativos, en el trabajo y en las relaciones intergeneracionales. Todas estas instituciones sociales deben asumir su responsabilidad en la inexcusable tarea de educación permanente y universal de calidad, que ha demostrado su efectividad para posibilitar el pleno desarrollo intelectual, afectivo, ético y social de los seres humanos, como propuso Durkheim en Education et Sociologie (1922). Además, el estudio de las instituciones y de las prácticas educativas informa sobre su dualidad funcional: por un lado se encargan de transmitir una cultura y un saber que debe reproducirse; y por otro, contribuir al diálogo social, al desarrollo económico y al bien común, basándose en la evidencia y no en ideologías que refuerzan las divisiones y los enfrentamientos sociales.
Para ello contamos con un rico tesoro científico y cultural que transmitir de generación en generación, como han hecho nuestros maestros. Pero nuestra impresión es que falla el diálogo social y no hemos aprendido a cuidar nuestras relaciones interpersonales en todos los niveles sociales. Como en muchas familias de los diferentes niveles económico-sociales, sobre todo cuando los hijos llegan a los 8-10 años y ya no funciona el estilo educativo autoritario y, por defecto, se recurre al estilo educativo permisivo-liberal, que después se constata que tampoco funciona para contribuir al desarrollo de una personalidad sana en el hijo. Porque el futuro de la humanidad depende de la calidad de los vínculos y de la educación de los hijos en sus familias. Estos aprendizajes dependen de una buena comunicación entre padres e hijos, a los que les deben proporcionar unos cuidados apropiados, confianza y seguridad, a partir de una presencia activa, desde la ejemplaridad y el respeto mutuo.
En el desarrollo de una personalidad sana se imbrican numerosos factores determinaciones individuales y socio-culturales, Jahoda (1955) destaca tres rasgos típicos de la personalidad sana: 1), capacidad para el conocimiento realista de sí mismo (capacidad de autorregulación o autocontrol) y de su entorno, 2), capacidad para desplegar un ajuste activo o adaptación social, y de alcanzar cierto grado de autoeficacia o control del mismo, y 3), un buen nivel de unidad y estabilidad o madurez personal a lo largo del espacio y del tiempo. Otros autores han incluido la capacidad de autocuidado de la propia salud y para lograr un grado suficiente de bienestar o satisfacción personal en la vida (Fierro, 2000).
Para lograrlo es esencial el papel de la familia, como primera institución social sustentadora y donadora de seguridad, frente las incertidumbres de la vida, a través del mantenimiento de unos vínculos interpersonales de buena calidad. Lo que depende tanto de los padres, abuelos, etc., como de los propios hijos. Todos ellos son responsables como sujetos activos de construir un diálogo efectivo, a través de un proceso de escucha y de ayuda mutua. Porque los puentes solo se pueden construir de forma activa desde las dos orillas. Primero a través del juego interactivo, que requiere comportamientos recíprocos y sincrónicos entre los individuos, con consciencia de la importancia de esta conexión social con el otro, desde el vínculo de apego primario con los padres o cuidadores principales, que sabemos es personal e intransferible. Lo que para empezar requiere dedicarles tiempo de calidad a los hijos, escucharles y estar dispuestos a respetarles cuando discrepan, aunque tratando de ayudarles a pensar y a discernir por ellos mismos, pero con un acompañamiento que les proporcione comprensión y seguridad. Sirva el ejemplo de un paciente, que al preguntarle por sus padres, respondió: “¡No diga Vd. padres, si no progenitores!, ¡porque aparte de engendrarme nunca ejercieron de padres!….”. Desde luego, ser padres es la mayor responsabilidad que pueden y deben poder compartir la pareja parental. Pero, ¿quién nos ofrece un manual de instrucciones para conducirnos como padres efectivos y responsables? Habitualmente repetimos (por activa o por pasiva) la propia experiencia que tuvimos con nuestros padres, casi siempre de forma inconsciente.
Igualmente es esencial el papel de la escuela en la educación de los niños, que no pueden ser tratados como si fueran máquinas de aprender que programar para que tengan (un supuesto éxito económico) en la vida. Se trata de ayudarles a desarrollar un conjunto de competencias, como para la mejora de las aptitudes para la mejora de la regulación de su estado emocional, condición indispensable de la que dependen el aprendizaje, el comportamiento adaptativo, la salud personal y el comportamiento social. Tenemos la impresión que en los actuales planes de estudio no se han incorporado las evidencias aportadas por los diversos métodos científico-técnicos ni las aportaciones de las Ciencias Psicosociales, las Humanidades, la Literatura y la Historia, verdaderas maestras de la Humanidad.
Por ejemplo, ¿sabemos que es normal que los niños de 7-8 meses experimenten ansiedad antes las personas extrañas a la propia familia? Este logro madurativo depende del buen establecimiento del vínculo de apego primario entre los padres y el hijo. Igualmente es normal que los niños experimenten ansiedad de muerte hacia los 7-8 años, que se puede manifestar como diversos miedos, porque entonces se ha consolidado el núcleo primario de la identidad personal. También puede ser normal que a los 17-18 años se intensifique la ansiedad social, como expresión de la necesidad de pertenencia a un grupo de iguales fuera de la familia. Igualmente es necesario saber que desde los 7-8 años es imprescindible una buena educación afectivo-sexual, libre de adoctrinamientos sectarios (como el generismo y el sexismo), que incluya los conocimientos actuales sobre la complejidad de la psicosexualidad humana y de la perspectiva de género.
Pero, ¿cómo va la educación en España? Sin negar sus logros importantes, aún persisten demasiados problemas por solucionar. Como las desigualdades en la calidad de la enseñanza entre las diferentes autonomías y el abandono escolar temprano, que en 2000 estaba cerca del 30% y el año 2021 estaba en el 13,3%, que es igualmente inaceptable. Porque seguimos siendo el país europeo con los peores indicadores educativos. Incluso una mayoría de estudiantes universitarios (el 60%) reconocen en un estudio reciente que no terminan con la preparación necesaria para realizar una actividad profesional exitosa. Debemos reconocer que padecemos las consecuencias de un grave fracaso educativo y cultural en grandes sectores sociales. El trabajo civilizador y de transmisión de la cultura a las siguientes generaciones no es un juego, exige hacer a todos un esfuerzo colaborativo y efectivo. Una cultura es siempre algo vivo y, por tanto frágil, que es preciso cultivar a lo largo de toda la vida. Se realiza sobre todo a través de la coherencia de vida y de la ejemplaridad que nos dignifican como personas responsables. El principal problema educativo y sociosanitario que tenemos en nuestro país es la vergonzosa tasa de abandono académico y fracaso escolar temprano, que aún no hemos sido capaces de solucionar, como sí se ha hecho en otros países verdaderamente desarrollados. Es necesario estudiar los motivos de tan lamentable fracaso educativo y social, como se manifiesta en los siguientes indicadores epidemiológicos:
1. Unas inaceptables tasas de maltrato a la mujer, incluso desde antes de nacer (el feticidio y el infanticidio se han realizado sobre todo aniñas) en todas sus variantes, que se transmite entre las generaciones de forma siniestra, debido a un androcentrismo cultural que discrimina a las mujeres hasta la actualidad en todo el mundo. Es una vergüenza que entre un 10% y un 20% de la población española haya sufrido abusos sexuales, predominantemente niñas y mujeres.
2. Unas elevadas tasas de jóvenes desempleados e inactivos en nuestro país (en torno al 30%, una de las más elevadas de la Unión Europea), de las que una mayoría significativa son mujeres jóvenes de entre 18 y 24 años. Este hecho es ejemplo más dramático de irresponsabilidad intergeneracional y de una secular mala praxis política e institucional (familiar, educativa, etc.). Las razones esgrimidas por estas personas son: el ser obligadas a cuidar a familiares, ejercer trabajos domésticos no cualificados o mantener actividades y estilos de vida “peligrosos” o “insociales” (¿?), según el último informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico. Otras razones de peso son los déficits formativos y la falta de oportunidades para encontrar un trabajo cualificado y decente. De forma despectiva se les etiqueta de “ninis”, como si tampoco tuviesen remedio y malviven “perdidos”, con empleos precarios o en situación de exclusión social. Muchos de ellos pierden la vida prematuramente o se permanecen en prisión. Un Estado verdaderamente desarrollado no permitiría esta sangría de fuerza joven, sin estudiar este grave problema de salud pública y ponerle remedios efectivos.
3. Unas elevadas tasas de malestar en los jóvenes, como se manifiesta en la prevalencia de adicciones comportamentales y a sustancias químicas y de conductuales, que median en unas elevadas tasas de depresión y suicidio, que constituye la primera causa de muerte no natural en esta franja de edad. Todos estos indicadores sociológicos expresan la importancia del malestar dominante entre los jóvenes. Una mayoría de los cuales (el 80%) se siente desasistido por las principales instituciones políticas y sociales del Estado en nuestro país (Mingote y Requena, 2008). Estos autores han coordinado una obra coral El malestar de los jóvenes. Raíces, Contextos, Experiencias (2008), en la que denuncian el fracaso educativo generalizado que arrastramos secularmente en nuestro país. La colección de ensayos que han compilado y prologado los profesores Carlos Mingote y Miguel Requena (2008), aborda desde distintos puntos de vista, algunos de los más importantes problemas a los que se enfrentan los jóvenes en la sociedad actual. Para ello, los autores (destacados especialistas en las distintas ramas de las ciencias médicas y sociales) analizan con detenimiento el malestar y los conflictos no resueltos que se acumulan cotidianamente en las aulas y en las familias, las dos principales instituciones de socialización y educación cívica; además estudian con rigor científico los factores de riesgo que generan el incremento de la incidencia de diversos trastornos mentales, como la depresión, las adicciones, y sus principales complicaciones: suicidios, accidentes, etc. Más allá de lamentaciones y culpabilizaciones fáciles, lo que se nos propone en esta obra es una reflexión seria sobre las distintas soluciones que todos los agentes sociales podemos y debemos desarrollar para potenciar la integración sociolaboral y cultural de nuestros jóvenes, pues, en definitiva, ellos son el futuro de una sociedad que últimamente parece haberles dado la espalda, considerándolos y utilizándolos sólo como usuarios-consumidores pasivos (Mingote, Requena, 2008).
4. Una epidemia silenciada de alcoholismo, benzodiacepinas sedantes e hipnóticos y otras sustancias adictivas. Según los datos de la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes, en 2019 España es el país del mundo con mayor consumo de benzodiacepinas. Y según los datos de la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios, en 2021 se alcanzaron las 93,04 dosis diarias de benzodiacepinas por 1000 habitantes. Los principales consumidores son los mayores de 65 años, en torno al 25% de ellos (34,1% en mujeres y 15,4% en varones) reconocía haberlos tomado en las dos semanas previas a la Encuesta Nacional de Salud de 2017. El abuso de psicofármacos en nuestro país, sin el control médico apropiado, es un problema de salud pública que ha aumentado tras la pandemia, pero que viene desde hace varias décadas. La excesiva prescripción de psicofármacos se relaciona con diversos factores, pero uno de los más importantes es la escasez de profesionales en salud mental y la yatrógena medicalización de los problemas de la vida. Según la Organización de Consumidores y Usuarios España ha alcanzado el primer puesto mundial en el consumo de benzodiacepinas e hipnóticos.
5. Unas elevadas tasas de trastornos mentales y de suicidio, especialmente entre los más jóvenes. En España, el suicidio es la primera causa de muerte por factores externos, incluso por delante de los accidentes de tráfico a los que dobla en número, registrándose una tendencia creciente desde 2010, tanto en tasas como en términos absolutos. Según los datos del Instituto Nacional de Estadística, en 2020 se ha alcanzado el máximo histórico de suicidios en nuestro país, manteniéndose como la primera causa de muerte no natural, con 3.941 fallecimientos el año 2021, sólo después de las causas externas de mortalidad y los tumores.
6. Uno de los menores índices de natalidad del mundo (1,23), que refleja las dificultades de las mujeres jóvenes y los varones para desarrollar un proyecto de vida y de familia compartido. En especial, las mujeres no tienen igualdad de oportunidades laborales que los hombres, al tener que elegir entre su carrera profesional y su derecho a satisfacer su deseo maternal. Este suicidio demográfico, ignorado por nuestros dirigentes políticos, refleja una sociedad excluyente, que se esteriliza a sí misma porque no tiene esperanza, ni está motivada para luchar por un futuro mejor para todos. Es una sociedad anómica, decadente y condenada a desaparecer. Otro indicador de desesperanza es la legalización de la eutanasia (suicidio asistido), sin contar con el derecho a unos cuidados paliativos proporcionados por la Sanidad Pública. En la práctica supone legalizar el derecho al suicidio de los pobres y excluidos del presunto estado de Bienestar.
7. Una elevada tasa de acoso escolar, superior al 10%, que indica la insuficiente educación cívica y prosocial desde la primera infancia en las familias y en las escuelas, y que refleja también la elevada prevalencia de discursos de odio entre los líderes políticos de nuestro país. Estos políticos antisociales se caracterizan por su beligerancia verbal, el desprecio al opositor y las actitudes dominantes y supremacistas, que excluyen a los que no pertenecen a su tribu ideológica, los que no son de “los nuestros”, que buscan aplastar y eliminar al otro, incluso a través del terror físico y la descalificación moral. Así por ejemplo, acusan al otro de ser un indecente, para ocultar sus propias indecencias.
Estos son algunos de los graves problemas de Salud Pública que tenemos en nuestra sociedad y que sólo podrán solucionarse con la colaboración de todos los agentes sociales y de forma especial por los padres y los profesionales sociosanitarios, docentes y políticos responsables. Porque actualmente se ha hecho evidente la relación que existe entre la calidad de la crianza y de la educación durante las primeras etapas de la vida y los estados de salud/enfermedad en los adultos, sus logros educativos y profesionales, y, en definitiva, su nivel de satisfacción existencial. Lo que hace imprescindible mejorar las políticas de apoyo institucional a las familias, aumentar la inversión en Educación y Sanidad, que han sido los servicios públicos que han sufrido los mayores recortes presupuestarios en los últimos años. Para poder ser padres responsables es necesario haber adquirido previamente unos conocimientos y unas habilidades capacitantes para serlo. No basta con repetir lo que vivimos en nuestra infancia, sea por activa o por pasiva. Existe una Escuela de Padres digital y presencial liderada por el profesor José Antonio Marina muy recomendable, así como una enorme bibliografía, como la colección de libros sobre el desarrollo del niño escrita por diferentes autores de la Clínica Tavistock de Londres, y las aportaciones tan útiles de autores como Álvaro Bilbao. Pero más allá de estas herramientas formativas para poder ser padres responsables, es necesario tener en cuenta que la principal demanda que los niños hacen a sus padres es que estén activamente más presentes en sus vidas, ya desde la primera infancia. En diferentes estudios los menores de entre 8 y 10 años reclaman que se les tome más en serio, que se les dedique más tiempo de calidad y se les ofrezca en el hogar un espacio lúdico compartido, de protección y seguridad. No se trata de rellenar su tiempo libre con agotadoras actividades extraescolares, ni con regalos de juegos electrónicos antes de tiempo, porque si no disfrutan del suficiente vínculo de calidad con los padres (sus principales custodios y educadores), no podrán hacer las necesarias identificaciones estructurantes de buena calidad con las que puedan construir una identidad humana consistente y coherentes de buena calidad. Porque si no es así tratarán de rellenar esos “agujeros negros” en su interior como sea: la insoportable invisibilidad que sufren consigo mismos les llevará a una huida imposible de sí mismos, sea a través de actividades de riesgo en grupos o tribus urbanas, en las adicciones autocalmantes o a través del suicidio. Tened por seguro que tampoco les van a faltar “flautistas tipo Hamelín” que les seduzcan para acabar de perderse para ellos mismos en cárceles invisibles de ideologías fanáticas y sectarias: todas ellas les ofrecen una falsa seguridad al precio de sacrificar totalmente su libertad personal.
Además, tanto en términos económicos como científico-culturales, educativos y psicológicos, gastar el dinero público suficiente para la misión de ser unos padres competentes, debe considerarse la inversión más efectiva para mejorar las condiciones de vida y la convivencia en las familias. Dado que incidirá muy positivamente en mejorar la productividad, la salud individual y el bienestar social (Bottaccioli, Bottaccioli, 2020). Estos autores insisten en la necesidad de cerrar la brecha existente entre los conocimientos científicos disponibles y las políticas educativas y sanitarias actualmente vigentes en los países que se autodefinen como desarrollados. Para luchar por la defensa de los derechos de los niños es imprescindible proporcionar mucho más apoyo profesional que capacite a los padres para el trabajo educativo que les corresponde. Aunque los hijos también educan a los padres y contribuyen a mejorar su bienestar y su salud, si reciben el trato adecuado. Pero debemos reconocer que la mayoría de personas no estamos bien preparados para ser unos buenos padres, a la luz de la evidencia. Se necesitan con urgencia escuelas de padres que nos capaciten no sólo para ser progenitores, sino hacer un buen acompañamiento psicoeducativo a nuestros hijos, en vez de repetir los mismos patrones relacionales con los que nos moldearon a nosotros como seres humanos y más o menos inhumanos.
Pero, ¿en qué consiste ser humanos? Esta es una pregunta que se hacía Beethoven en una carta a un amigo:
“¿Cuándo llegará el tiempo en que habrá únicamente seres humanos? Es posible que solo veamos llegar ese dichoso momento en unos pocos lugares. Pero no lo veremos acaecer en todas partes. Pasarán siglos antes de que eso suceda”. Carta de Ludwig van Beethoven a Heinrich von Struve expuesta por primera vez en el Bundeskunsthalle. Bonn, 2020. Tomado de Luis Gago en BABELIA, sábado 14 de diciembre de 2019.
¿A qué podría referirse Beethoven con esta pregunta? Probablemente, soñaba con un tiempo futuro en el que todos los seres humanos pudiésemos llegar a ser plenamente humanos. Es decir, lograr realizar de modo óptimo las facultades específicamente humanas que compartimos todas las personas, en mayor o menor medida, para poder llegar a ser personas libres e inteligentes. No esclavos de nuestros impulsos instintivos, ni de líderes mesiánicos y perversos, que nos aseguran la libertad de los cementerios al precio de renunciar a nuestra libertad. Porque, ¿qué es ser libre? Es la principal meta existencial, que requiere previamente conocer las diferentes opciones posibles, tener en cuenta las consecuencias previsibles de cada una de ellas y saber elegir con inteligencia la más acorde a los deseos personales y las circunstancias del entorno, de forma tan libre, solidaria y ética. Porque el ser humano forma parte de la naturaleza, pero la trasciende como criatura con capacidades potencialmente creativas y destructivas que son propias de nuestra especie. Además, los humanos tenemos el privilegio de ser herederos de una incalculable herencia, más o menos afortunada: el patrimonio universal de la humanidad del que nadie debe ser excluido. Un extraordinario patrimonio biológico-natural, histórico-cultural, científico y ético-moral, que es inasumible en el siempre corto tiempo de vida personal.
El ser humano es el único animal que es capaz de hacerse este tipo de preguntas: “¿qué es ser humano?”, ¿quién soy yo para esta otra persona?, ¿quién es ella para mí?, ¿es un mero objeto sexual? O ¿quiero que sea un dócil animal de compañía? El ser humano es un ser capaz de trascender los límites de su autoreferencialidad narcisista y de vincularse con otro ser diferente y, a la vez, semejante a él con respeto y reciprocidad, a través de un lenguaje simbólico tan específico como diverso. En efecto, el ser humano es el único animal que es capaz de compartir un lenguaje simbólico y una específica capacidad de autoconsciencia y de introspección que le permiten explorar el funcionamiento mental que caracteriza la subjetividad específica de cada ser humano: el sexto continente ignoto (inconsciente) que nos habita, incluso sin saberlo. Porque, sólo a partir de los trabajos pioneros de Sigmund Freud, sabemos que una gran parte de nuestro funcionamiento mental es inconsciente, tanto a nivel descriptivo como a nivel estructural. Así, en La interpretación de los sueños (1900) Freud nos mostró que el análisis de los sueños es la “vía regia” para comprender la unidad y la continuidad del funcionamiento mental propio de los seres humanos.
La palabra humano deriva del latín humanus y está formada por humus que significa polvo, tierra, y el sufijo anus que indica procedencia de algo, en referencia al primer humano supuestamente hecho con arcilla o tierra. Y desde los 7 años de edad nos hacemos conscientes de que, antes o después, todos volveremos a ella. Esta toma de conciencia es posible al haber alcanzado cierto nivel madurativo en el propio neurodesarrollo: en esta etapa del desarrollo humano es evolutivamente normal que comencemos a experimentar angustias de muerte que se manifiestan en diversas formas sintomáticas: fobias nocturnas, angustias de separación de los padres, etc. A partir de entonces cada cual elabora estas ansiedades lo mejor que puede, como que ilusoriamente solo se mueren los viejos, los malos y los otros, ¡pero no nosotros! Aunque poco a poco se nos impone la evidencia de que todos los seres vivos somos también mortales. Por esto mismo, es el momento óptimo para enseñar a los niños de esta edad conocimientos y conductas de cuidado de la propia salud y de hábitos de vida saludable, así como de prevención de conductas de riesgo que suelen experimentar a los 12-13 años, como las relacionadas con la pornografía y el abuso de alcohol y de otras sustancias tóxicas. Sería conveniente incluir también educación para el desarrollo de la inteligencia emocional, educación afectivo-sexual que incluya la perspectiva de género, educación en valores y otros contenidos educativos que son nutrientes esenciales para poder hacer un desarrollo humano pleno y saludable. Una educación integral y de calidad debería incluir el cuidado de la propia salud y el derecho a ser uno mismo (asertividad), así como el respeto a la vida y los derechos de todos los seres humanos, sin exclusión por motivos de edad (desde la concepción a la muerte natural), sexo o condición socio-económica. La educación biográfica incluye la perspectiva evolutiva y diferencial, como la educación en valores humanos universales, entendiendo la vida personal como una oportunidad única para hacer un desarrollo personal óptimo. La vida puede ser vivida con espíritu deportivo como un maratón, no como si fuera una carrera de cien metros vallas. En todo caso aprender y entrenar con la mejor técnica posible para estar en forma es fundamental. La educación social incluye la promoción de la conducta cívica y prosocial y la prevención de la conducta antisocial, el cuidado de las personas que amamos y por las que deseamos ser amados, no sólo de las personas de nuestros grupos de pertenencia: tribu, nación, etc. Porque no somos como islas aisladas, sino que conformamos un nicho ecológico universal, como defiende el Papa Francisco en la Encíclica Fratelli Tutti (2020). Una fraternidad universal en paz, justicia y libertad que Carmen quiso reflejar en esta versión de La Creación de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina.

Porque como dice Aristóteles “la educación no termina nunca”, pues es un proceso de perfeccionamiento que nunca podemos alcanzar plenamente en el corto espacio de nuestro ciclo vital. La educación dura tanto como dura la vida de la persona, en el mejor de los casos. Aunque para conseguirlo sea condición necesaria aceptar que no se sabe, dejarse enseñar por el que sabe y poder gozar del placer del conocimiento y de la sabiduría compartida. Educar no es domesticar (como a los animales) o “dejar hacer”, como si el mundo fuese un divertido parque de atracciones, como en el cuento de Pinocho. Para saber educar es preciso disfrutar compartiendo el placer del conocimiento con todos los demás. Educar es una responsabilidad compartida por todos los miembros de cada generación con los miembros de las siguientes generaciones. Como se propone en la siguiente imagen cedida por la Fundación Vínculos.

Pero entonces, ¿en qué aspectos o dimensiones fundamentales deberíamos educar y ser educados? Desde la perspectiva fenomenológica, diferentes investigadores, como Jaspers 1946, 1993; Gómez Bosque y Ramírez Villafáñez (1998) y Pelegrina Cetrán (2006) caracterizan la compleja identidad específica del ser humano por 5 incluir dimensiones básicas, como se representa en la siguiente figura de la mano izquierda, dibujada por una niña diestra con 8 años. El dedo gordo representa a la dimensión biológica, el dedo índice a la dimensión biográfica, el dedo corazón representa la dimensión psicológica, el dedo anular la dimensión familiar y social, y el dedo meñique representa la dimensión espiritual o ético-moral. Estas 5 dimensiones son parcialmente independientes y, a su vez, relativamente interdependientes, hasta formar la compleja unidad biopsicosocial que somos cada uno de nosotros. Criaturas híbridas de naturaleza, cultura y ética. Las únicas criaturas conocidas que sean también capaces de crear nuevas realidades. Una educación inclusiva y de calidad debe incluir contenidos fundamentales que promuevan un desarrollo armonioso en las cinco dimensiones estructurales del ser humano. Aunque parezcan unas consideraciones meramente teóricas, hay que tener en cuenta que, por ejemplo, la exploración óptima de la salud mental individual debe incluir estas dimensiones. Así por ejemplo, no se puede diagnosticar un trastorno mental sin explorar adecuadamente la salud física y mental de una persona, sin excluir previamente la existencia de una enfermedad mental que afecte al sistema nervioso central:

A. Dimensión biológica. Esta dimensión integra numerosas variables biológicas intervinientes en la regulación de todas las funciones fisiológicas que tienen lugar en nuestro cuerpo al servicio de la supervivencia individual y de la especie. La experiencia del propio cuerpo expresa a cada persona su modo concreto de existir en el mundo, un ser con una identidad única que se construye a partir de las percepciones procedentes de los órganos internos del cuerpo (intracuerpo o conciencia interna del propio cuerpo), junto con las percepciones externas (a través de la visión propia y la mirada del otro, el extracuerpo), y ambas percepciones conforman la experiencia subjetiva de ser persona con una identidad propia. Esta identidad incluye aspectos y aspectos objetivos específicos, como las características sociodemográficas (edad, sexo, etc.) y experiencias individuales únicas de cada uno de nosotros. Porque una cosa es nuestro cuerpo como realidad objetiva y otra la corporalidad como experiencia subjetiva, nuestro cuerpo vivido como presencia íntima, vital. Se trata del resultado de una serie de mecanismos y programas cerebrales innatos, desarrollados a lo largo de la evolución, que tienen por objeto el conocimiento del propio cuerpo, de sus límites y relaciones con el entorno. Nuestra corporalidad es un input esencial para el desarrollo de la consciencia (cum scientia), constituida por objetos externos a nosotros, tales como sensopercepciones y conceptos, y representaciones mentales (conscientes e inconscientes) de sí mismo y de otros a lo largo del tiempo.
Toda actividad mental tiene un correlato neurobiológico, y la consciencia no es una excepción. La consciencia es la expresión unitaria de una realidad, la humana, que esencialmente es, a la vez, cuerpo, mente y espíritu o alma. Recientemente se ha planteado la cuestión de si ¿son los animales conscientes de que sufren? Según estudios recientes se ha llegado a la conclusión de que muchos animales no humanos, incluidos todos los mamíferos, tienen sensibilidad, consciencia y capacidad de sentir placer, dolor y el estrés que lo anticipa. De ahí la importancia de la protección de los animales en peligro de extinción, incluida la vida de los animales humanos, desde la concepción hasta su muerte natural. Según la teoría antropológica de Zubiri, en el ser humano no existe un sentir “puro” que no vaya asociado a cogniciones acerca de la realidad: la inteligencia es por esencia inteligencia sentiente, y el sentimiento sentir intelectivo, lo que nos permite “hacernos cargo de la situación” de forma consciente. Toda sensación lleva consigo un sentimiento, un sentirse uno afectado en su realidad y en el modo de estar en la realidad, que se inicia desde nuestra común animalidad natural, como si fuera el latido de nuestro instinto de supervivencia (Zubiri, 1980-1982).
Nuestra realidad personal depende (parcialmente) de nuestra biología y, en concreto, el estado del cerebro de cada cual es fundamental para ser quien cada uno es. El buen funcionamiento mental del ser humano depende especialmente de la buena función de la corteza prefrontal, que constituye un tercio de toda la corteza cerebral, y cuya maduración depende de unos buenos cuidados de salud durante el embarazo, el parto, la infancia y la adolescencia. Porque sólo acaba de madurar en condiciones óptimas hacia los 21 años. Esto no significa que “usted sea su cerebro”, porque nuestra salud mental depende vitalmente del resto de nuestros órganos y sistemas corporales, así como del establecimiento de unos buenos vínculos de apego con los padres, con la familia y con un sistema sociobiológico mucho más amplio. De hecho, tras el nacimiento prosigue el neurodesarrollo, de forma que casi el 70% de nuestro cerebro madura en interacción constante con el medio externo y con los demás. De modo que la información codificada en sus genes puede ser modificada a través de mecanismos epigenéticos. Sólo a través de una educación de calidad en el seno de procesos vinculares y sociales de calidad humana, una naturaleza humana individual puede transformarse en una construcción personal única a lo largo de todo el ciclo vital (Bowlby, 1969, 1973, 1977).
Los procesos cerebrales no son tanto el asiento de la mente como el sustrato biológico del funcionamiento mental humano, de la yoidad personal. Contamos con una naturaleza humana, que salvo defecto o enfermedad, nos constituyen como humanos a partir de unos circuitos neurobiológicos profundamente impresos en nuestros genes, que son la base de nuestro patrimonio instintivo, apetitivo y defensivo. Al nacer, los bebés llegan al mundo con una dotación genética específica y sumamente estable (no como una “tábula rasa”), que codeterminan unos programas neurobiológicos especializados para que seamos como somos los seres humanos. Por ejemplo, el cerebro de un recién nacido espera ver caras, incluso cuando tienen menos de diez minutos de vida: los bebés se vuelven hacia las formas parecidos a caras, pero no cuando ven una versión distinta de ese patrón. Los circuitos cerebrales están diseñados para generar un comportamiento intencionalmente adaptativo pertinente para tratar de garantizar nuestra supervivencia. Aunque no seamos conscientes de ello, un determinado estímulo nos resulta atractivo o desagradable según satisfaga nuestras metas evolutivas. El placer, el dolor agudo y el estrés que lo anticipa no son un fin en sí mismos, si no que están al servicio de la supervivencia. La estructura física del cerebro ha ido programando una serie de programas genéticos y biológicos han hecho posible el desarrollo gradual de todas las capacidades y facultades mentales del ser humano (Eagleman, 2013, 2017).
B. Dimensión biográfica y variables biográficas, desde la concepción hasta la muerte. Porque gracias al desarrollo biotecnológico actual, se ha evidenciado que la vida y el desarrollo individual se inician antes del nacimiento, que constituye el mayor desafío a la supervivencia humana, el estrés del parto. Igualmente se ha evidenciado que la interacción recíproca entre madre e hijo se inician rápidamente después de la fecundación, gracias a factores genéticos, hormonales y psicosociales (López Moratalla y Sueiro, 2008). Estos autores sostienen que desde el primer día, el embrión y la madre establecen vías de comunicación molecular tan intensas que consideran el embarazo “una simbiosis de dos vidas”. Lo que hace que el embrión active la tolerancia inmunológica en la madre, de forma que el organismo materno le reconoce y sostiene su desarrollo. En la actualidad existe la evidencia de que la vida individual, la relación interpersonal y el desarrollo se inician antes del nacimiento, en la medida en que la técnica ecográfica posibilita la observación sistemática del comportamiento del feto en el útero. En efecto, el proceso de neurodesarrollo humano depende de la expresión de numerosos genes a lo largo de sus diferentes etapas, dependiente tanto de elementos del propio embrión como del medio que le contiene. La equilibrada interacción entre estos factores hace posible la génesis de las diferentes estirpes celulares, estructuras y sistemas funcionales. Así por ejemplo, la capacidad del embrión y del feto para reaccionar al estrés se desarrolla tempranamente en la gestación: las partes más importantes del futuro circuito de estrés, el hipotálamo y el primordium del hipotálamo están presentes en el embrión humano a los 30 días de la concepción. Y desde la 18 semana de gestación se constata en el feto humano la existencia de un sistema de estrés funcionante, como se demuestra por el rápido aumento de noradrenalina y más lento de cortisol y beta-endorfina en respuesta a procedimientos invasivos dolorosos. Este hecho explica que desde el primer día de nacido, el niño emite sonidos de carácter expresivo, que son indispensables para su supervivencia, producto de la satisfacción o de la insatisfacción de sus primeras necesidades vitales de cuidado: acogimiento, nutrición, confort, etc., con sonidos que se producen como reacciones reflejas útiles en la conservación de la vida humana.
Los niños no pueden regular sus propios estados emocionales ni los cambios corporales que los acompañan, función que depende del logro de la satisfacción de sus necesidades primarias y de una buena sintonía emocional con unos cuidadores eficaces. Sean como sean sus padres o cuidadores, los niños desarrollan un estilo de afrontamiento dirigido a tratar de satisfacer algunas de sus principales necesidades. De forma pionera Donald Winnicott (1965, 1971, 1978) propuso que la calidad de los vínculos entre madres e hijos constituye la base para el desarrollo del sentido de realidad y de la identidad del hijo. Las sensaciones viscerales y cenestésicas de este, según cómo es cuidado, constituyen el fundamento de que desarrollemos la conciencia de sí mismo a través del aprendizaje de la experiencia relacional, con inclusión de numerosos contenidos identificatorios inconscientes. De los procesos de aprendizaje derivan desarrollos mentales y comportamentales fundamentales como son los de:
1. Auto-organización orientada a la satisfacción de necesidades y deseos, así como a la solución de problemas. La reacción de estrés se desencadena por la percepción de amenazas o la anticipación de daños a la seguridad y el bienestar.
2. Auto-restricción o establecimiento de límites y la inhibición de conductas y planes apropiados a la realidad a lo largo del ciclo vital.
3. Administración de los recursos para los objetivos propuestos, el tiempo y la auto-regulación de la conducta para la adaptación al medio y el desarrollo personal a nivel afectivo, cognitivo y conductual de forma integrada.
4. Capacidad de toma de decisiones para la solución de problemas, desde la conciencia y la formulación de los mismos, según los diferentes estilos de afrontamiento y defensas inconscientes: inhibido, impulsivo, negador de la realidad, intuitivo y racional. Estos procesos resultan de la calidad de las llamadas funciones ejecutivas centrales, asociadas al funcionamiento de la corteza cerebral y en especial de la prefrontal. A lo largo de la historia se constata la casi universal tendencia a negar los aspectos desagradables de uno mismo y de la realidad exterior. Y entre ellos destaca la tendencia general a negar el riesgo y a sobrevalorar la capacidad para controlarlo, pero debemos saber que negar el riesgo no es lo mismo que ponerle remedio, como se desarrollará posteriormente.
C. Dimensión psicológica. Con el desarrollo de las diferentes cualidades psicológicas propias del ser humano a lo largo del tiempo, se codetermina la identidad y la conducta individual. La identidad personal incluye enésimas partes de identidad que se combinan para conformar un todo único que es el mismo a lo largo del tiempo (mismidad en el cambio), y como perteneciente a un grupo, de una manera real y discriminada. Las variables psicológicas son sólo relativamente independientes y dependen fuertemente de variables biológicas y sociales. Así, en torno a los 6 meses se produce el nacimiento psicológico del niño, que en un entorno interpersonal saludable desplegará gradualmente todas sus capacidades potenciales. Este hecho se manifiesta en la conducta exploratoria del medio, de forma que el pequeño va construyendo representaciones mentales de sus experiencias, que cuando tienen una valencia emocional suficientemente intensa son retenidas en la memoria operativa y forman parte de la inteligencia fluida. En definitiva, las emociones son estados mentales que representan aspectos significativos de la realidad vivida que se asocian con las motivaciones, las necesidades y los deseos de cada sujeto. Así, cuando los niños experimentan malestar producen respuestas conductuales programadas defensivas, sean de lucha o de huida. A los 18 meses, debido a la maduración de las capacidades cognitivas, aparece la conciencia subjetiva de sí mismo (self), como una persona distinta y separada de los demás en un mundo habitado por otras personas diferentes, entre las que destacan por su importancia única los padres o figuras de apego primario. Posteriormente el proceso de construcción de la identidad personal supone un trabajo creativo, reconstructivo y, a menudo autodestructivo, que incluye aspectos conscientes e inconscientes, en el que se integran distintos tipos de identificaciones con las personas significativas del entorno familiar, del grupo de iguales y de las personas con las que nos relacionamos a lo largo de la vida.
Dimensión social. Los bebés están programados genéticamente para buscar la estimulación que precisan y, en especial, a captar y comprender las señales emocionales que emiten sus padres. Estos deben modular la calidad y cantidad de la estimulación a la que el pequeño está expuesto, de forma que su hijo la estimulación apropiada, según el variable grado de sensibilidad individual. Las experiencias displacenteras benignas son aquellas que el niño es capaz de asimilar y acomodase al estímulo desencadenante, de forma que es capaz de adaptar sus necesidades a la situación. Gradualmente el niño empieza a categorizar sus representaciones de las experiencias asociadas a emociones placenteras y las que les ocasionaron experiencias desagradables, que se codifican en la memoria implícita a largo plazo, convirtiéndose así en factores motivacionales de otras acciones en el futuro. Por todo ello, cuando el niño viene al mundo “saluda a sus padres” con una serie de habilidades conductuales programadas y activadas que entonces se desarrollan a través de la relación específica con sus padres, lo que se denomina relación de apego. Así, entre las 4 y las 12 semanas aparece la sonrisa social selectiva, que indica que el niño es capaz de diferenciar la cara de los padres de las de las demás personas. La sonrisa social selectiva constituye un importante indicador de un buen apego entre el niño y las personas que están a su cuidado.
E. Dimensión espiritual, ética y moral, que según Diego Gracia (2004) incluye capacidades innatas protomorales, susceptibles de desarrollarse a través de la apropiada educación, primero en el ámbito familiar (sobre todo desde el ejemplo y la coherencia de vida) y luego en la escuela y otras instituciones sociales. El don gratuito de la vida nos proporciona la posibilidad de tratar de ser dueños de uno mismo y poder vivir una vida plena, libre y responsable, cuando el comportamiento y los valores con los que vive cada uno son coherentes. Esta armonía personal nos permite construir de forma gradual un sentimiento de identidad positivo como totalidad única desde el interior de uno mismo y en interacción con el entorno social. En la sabiduría ancestral se cree que las emociones humanas se generan en nuestras vísceras, para registrarse luego en nuestro cerebro. De forma simbólica se dice que una persona “no tiene corazón” o “no tiene entrañas”, para significar que carece de empatía con sus semejantes o que su conducta es “inhumana”. En todo caso es imprescindible haber hecho el trabajo previo de distinguir el interior íntimo que nos pertenece, del otro, diferente aunque semejante a nosotros. El sufrimiento propio puede sensibilizarnos al sufrimiento ajeno, como expresaba Don Benito Pérez Galdós: “¿No es triste considerar que solo la desgracia hace a los hombres hermanos?» (Trafalgar). Junto con el resto de sensopercepciones, las experiencias de placer, dolor y el estrés que lo anticipa son importantes inputs que despiertan la conciencia personal. Esta se desarrolla por el efecto de factores biológicos, históricos, psicológicos, sociales y éticos.
En efecto, el ser humano no es un animal como otro cualquiera, sino que es el único creador de nuevas realidades (científicas, culturales, técnicas, etc.) a través del conocimiento y del trabajo solidario. El ser humano puede también aprender a distinguir el bien del mal y elegir bien, es decir que puede actuar con criterios éticos, lo que nos diferencia del resto de especies animales. Desde que nacemos los humanos compartimos, en mayor o menor medida, el reto de aprender a vivir bien, es decir, “una vida buena” y no sólo tratar de sobrevivir. Una vida buena en sentido aristotélico (eudaimonía), que cabe calificar como objetivista y naturalista, y que según Aristóteles depende de la ejercitación de las cualidades que las personas tenemos por el hecho de ser humanas. Es decir, susceptibles de ser educadas a través del aprendizaje y de la experiencia compartida, y no sólo a ser domesticados, como sucede con algunas especies animales. Además, este civismo incluye el respeto a los valores éticos y a las normas de convivencia social, como se manifiestan por el predominio de los comportamientos prosociales. Esto no significa negar la evidencia de la competencia social entre los grupos y dentro de cada grupo por la obtención de los recursos, el poder y el prestigio social. Pero lo cierto es que a lo largo del proceso civilizatorio o humanizador disminuyen el número de guerras y muertos. Con una gran cantidad de datos, Steven Pinker (2012) afirma que vivimos en la época menos cruel y más pacífica de la historia. Vivir en el pasado era mucho más peligroso que vivir ahora.
Cada individuo es una multitud de componentes que conforman una urdimbre constitutiva heterogénea de “multitudes”, como expresó de forma poética Walt Whitman en el Canto a Mi Mismo incluido en Hojas de Hierba (1855):
“… ¿Me contradigo?
Muy bien, me contradigo.
(Soy amplio, contengo multitudes)…”
Queremos finalizar este artículo con una Gloriería de Gloria Fuertes: “Vivir es el arte de encontrarte”. Vivir es el arte de encontrarte bien contigo mismo y en la buena compañía de otras personas. Lo que parece sencillo, pero no lo es, porque las personas nos perdemos con facilidad para nosotros mismos y para los demás. Pero también es cierto que contamos con una rica herencia filogenética que nos hace ser “buscadores de contacto íntimo” desde que nacemos y, luego también, somos buscadores de relaciones de buena calidad. Porque deseamos satisfacer nuestras necesidades vitales, como las de pertenencia, seguridad y realización personal. No nos conformemos con sucedáneos espurios y tóxicos a corto plazo. Debemos aprender a conducirnos con las “luces largas” (para la visión de largo alcance), mejor que con “las luces cortas” (a corto plazo) y utilizar las “luces de cruce” en la proximidad de nuestros semejantes, si deseamos construir una sociedad más justa y solidaria.
José Carlos Mingote Adán. Profesor emérito de Psiquiatría.
Belén Mingote Bernad. Psicóloga sanitaria.
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