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Quiero iniciar este primer artículo para la página web de la Fundación Vínculos alabando el nombre que con sabiduría eligió María Ángeles para su preciosa criatura recién nacida: “VÍNCULOS”. Lo hago desde la gratitud por haber sido invitada a colaborar en su desarrollo, cosa que hago con mucho gusto.

Según la Real Academia Española, vínculo es la unión de una persona con otra. Nos vinculamos desde antes de nacer a través de la placenta con el cuerpo de nuestra madre, quien nos proporciona todo lo necesario para poder sobrevivir y llegar a nacer. Y después de nacer también: vincularnos es un comportamiento vital primario, el apego, que satisface nuestra necesidad de seguridad como mamíferos privilegiados que formamos parte del reino de la naturaleza. Se trata de un instinto filogenético de sujeción al cuerpo de la madre, que desarrolla el psicoanalista J. Bowlby y etólogos como K. Lorenz, N. Tinbergen y H. Harlow. Para Bowlby, el vínculo primario entre el lactante y su madre es un fenómeno de la misma naturaleza que la impronta en el resto de mamíferos. Estudios recientes evidencian que la desvinculación y el aislamiento social enferma y mata a las personas que viven sin relacionarse con otras personas, igual que lo hacen otros agentes patógenos, venenos o bacterias tóxicas. La antítesis de vincular es desvincular, descomponer, separar o dividir.

Por cierto, vínculo es una palabra relacionada con símbolo, que etimológicamente significa juntar una cosa con otra, y en sentido figurado ser animado o cosa que representa un concepto, del que es imagen, atributo o emblema: la bandera es el símbolo de la patria, como la balanza es el símbolo de la justicia. Por eso decimos que la unión hace la fuerza, nos hace fuertes.

Toda la vida en la Tierra depende de la luz que recibe del Sol y, en consecuencia, los ritmos biológicos de todos los seres vivos están vinculados y dependen de las condiciones físico-químicas y ecológicas de la Tierra. No podemos renegar de nuestra condición natural: es un error creernos autosuficientes e intentar vivir de espaldas a la naturaleza, en solitario. No en solidario. Nuestra salud depende de la calidad de nuestros vínculos interpersonales, como de la capacidad de cuidarnos unos a otros: hoy por ti, mañana será por mí. Así aprendemos a cuidarnos a nosotros mismos. El problema es cuando no hemos sido bien cuidados, porque entonces podemos descuidarnos e, incluso, hacernos daño sin conciencia de ello.

Somos seres tan complejos que nunca llegamos a conocernos completamente, pero puede ser una aventura apasionante intentarlo cada día: aprender de nuestra experiencia, de los aciertos y los errores que todos cometemos. E incluso podemos ser educados (no ser amaestrados, como otros animales) para llegar a ser libres y responsables, seres capaces de desarrollar las capacidades latentes que todos tenemos, incluso sin saberlo, y hacer un mundo mejor para todos.

Belén Mingote Bernad

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