Pero, ¿Qué es un vínculo? Generalmente se habla de vínculo para referirse a la unión entre dos o más personas, como el de una madre con su bebé, pero hay muchos tipos de vínculos. Aunque estos otros tipos de uniones interpersonales suelen llevar asociados diversos contenidos afectivos, cognitivos y conductuales. De hecho, a lo largo de nuestra vida establecemos numerosos vínculos con familiares, amigos, etc. de diferentes cualidades, intensidad, duración, grado de ambivalencia emocional y cognitiva, etc., así como con diferentes motivaciones: Porque no es lo mismo la relación basada en la satisfacción de una necesidad vital, como la de un bebé respecto de su madre, que la relación basada en la satisfacción de un deseo, como el que comparten los padres cuando deciden intentar concebir un hijo. Aunque esa elección implique siempre renuncias y frustraciones inevitables, porque no hay nada gratis en esta vida que merezca la pena. La ambivalencia es algo que nos sucede a los humanos, incluso sin ser consciente de ello y es normal dentro de ciertos límites.
Experimentar sentimientos de afecto positivo (amor, amistad, ternura) suele alternar o coincidir en el tiempo con emociones negativas (enfados, miedos, etc.) en cualquier relación. Hay momentos en los que cualquier mamá puede estar harta de su bebé, como debido a la falta de sueño y al agotamiento, aunque luego pueda reconciliarse con él y reparar internamente la calidad del vínculo que los une, para poder proporcionarle la satisfacción y la seguridad que necesita. Ninguna mujer puede ser una madre ideal, como tampoco podrá ser ningún hijo real. Como decía Winnicott (1969) basta con poder ser una madre o un padre suficientemente buenos, aunque esto mismo suponga reconocer también que somos suficientemente malos, es decir, unos padres normales y sanos. Porque afectos positivos y negativos no son excluyentes, lo importante es cómo se gestionan por cada persona. Podemos decir que en el vínculo sano predominan las emociones positivas (amorosas o amistosas) sobre las emociones negativas (de aversión o rechazo), de forma que la motivación resultante es mayoritariamente positiva. Cuando en una relación predominan emociones negativas como la desconfianza, el miedo o la hostilidad, el vínculo existente es insano y tóxico.
Existe la evidencia de que el vínculo de interdependencia mutua que se crea en la familia, y que nace tanto de los padres hacia los hijos, como de estos hacia los padres, el denominado vínculo de apego primario, es un factor esencial que conforma el desarrollo vital de todos sus miembros:
“…sólo el niño que se siente seguro es capaz de avanzar saludablemente en el camino del desarrollo” aseguró Abraham Maslow en A Theory of Human Motivation” (1943).
Según este mismo autor los seres humanos compartimos 5 tipos de necesidades básicas o primarias: fisiológicas, de protección y seguridad, de integración en el grupo de pertenencia, de valoración personal y autoestima, y de realización de las capacidades personales que todos tenemos, incluso sin saberlo hasta que no nos dan y nos damos la oportunidad. Porque a veces no la hemos podido descubrir a lo largo de toda una vida.
La satisfacción de estas necesidades depende de las oportunidades que somos capaces de darnos a nosotros mismos y a los demás, según el grupo social de pertenencia, las circunstancias concretas en que transcurre nuestra existencia, y el esfuerzo que es capaz de realizar cada persona para conseguirlo. Ya que cada persona cuenta con diferentes capacidades de afrontamiento y da prioridad a objetivos diferentes cuando trata de dar un sentido positivo a sus vidas. De hecho, algunas culturas dan poco valor a los bienes materiales individuales y priorizan el crecimiento espiritual o la participación en la comunidad como formas de satisfacer sus necesidades vitales.
Algunas personas pueden estar más preocupadas por proteger su identidad religiosa, sexual o de género que por satisfacer otras necesidades. Porque a pesar de la larga lucha por la igualdad de derechos de todas las personas, las oportunidades ofrecidas a hombres y mujeres son muy diferentes en todo el mundo. Por eso también, la guerra es una actividad más de hombres que de mujeres y ser víctimas de la violencia es mucho más frecuente en las mujeres que en los hombres. Solo en el seno de vínculos de buena calidad nos podemos hacer personas, y aunque los malos vínculos pueden deshacernos; los vínculos humanos de buena calidad nos permiten rehacernos.
No existe un vínculo más íntimo y más vital que el que une a un niño con su madre durante el embarazo: cada uno forma parte del otro de forma tan real que los dos son un sólo cuerpo. Cuando Winnicott (1969) se refiere a la relación entre el bebé y su madre, afirmaba categórico que los bebés no pueden existir por sí mismos, dado que un bebé sólo puede existir en el seno de la relación con una madre “suficientemente buena”. Pero, ¿a qué se refiere Winnicott con esta expresión? A la madre que es capaz de satisfacer las necesidades primarias de su criatura, que en cada una de ellas van a tener diferentes cualidades e intensidades.
Así por ejemplo, todos los bebés cuentan con un sistema de supervivencia individual que incluye un mecanismo de alarma para los peligros comunes que a lo largo de la evolución hemos afrontado con éxito y que se expresan en los miedos innatos que todos tenemos con variable intensidad. Igualmente, la madre puede tener diferentes tipos de deseos, actitudes y motivaciones para implicarse en la crianza del hijo. Deseo maternal que habita en su corazón y luego como deseo compartido de un proyecto de vida familiar que cuenta con el hijo incondicionalmente y con el padre. Ya que para ser una madre “suficientemente buena” precisa del apoyo incondicional y de la presencia efectiva de un padre y de las familias de origen de ambos progenitores: para educar a un niño/a hace falta toda la tribu, sobre todo desde la ejemplaridad y la responsabilidad de la conducta de los líderes del grupo de pertenencia. Además, cuando llega un bebé, “toda la constelación familiar tiene que reubicarse” (…) El desastre no es sólo para mamá”, nos confiesa Mariela Michelena (2009) en su excelente obra “Un año para toda la vida”.
Pero, ¿cómo se construye un vínculo primario de apego seguro? Intervienen numerosos factores, tanto del bebé como de los padres y del entorno social. Sería algo así como construir un puente entre dos orillas: depende de la calidad del proyecto de construcción, de los materiales empleados, del mantenimiento de las estructuras, etc. Tan importante como la resistencia de los materiales es el buen saber hacer de todos los implicados en esa obra viva. En este sentido no deja de sorprendernos, que en un reciente meta-análisis con los datos de 285 estudios realizados en todo el mundo (Madigan, Fearon, van IJzendoorn y cols., 2023), sólo el 51.6%, mostraron un apego seguro y el apego inseguro era muy frecuente: en el 23.5% eran apegos inseguros desorganizados, en el 14.7% evitativos y en el 10.2% resistentes. Resultados que cuestionan las prácticas de crianza y de educación en nuestra sociedad. Porque según la revisión sistemática y el metaanálisis realizado por estos autores en más de 285 estudios (20.720 díadas) realizados hasta la fecha, ha habido grandes cambios sociológicos durante este tiempo y el foco de la investigación se desplaza hacia el estudio de poblaciones diversas.
Desde sus inicios, el Procedimiento de Situaciones Extrañas se desarrolló hace cinco décadas para evaluar las relaciones de apego entre padres e hijos, el procedimiento se ha mantenido relativamente constante y ha sido adoptado en más de 20 países. En este metanálisis, no se encontraron diferencias en la distribución entre madres y padres, ni diferencias en la edad o el sexo de los niños. Lo que sí encontraron fue una tendencia temporal en la que hubo menos apego evitativo a lo largo del tiempo y hubo también diferencias en la distribución del apego entre muestras de América del Norte versus otras regiones del mundo, particularmente Asia, Medio Oriente/Israel y América del Sur. Encontraron tasas más altas de apego evitativo y desorganizado en poblaciones con riesgos sociodemográficos y tasas más altas de apego desorganizado en muestras donde los padres tenían trastornos mentales graves y cuando el niño experimentó maltrato o fue adoptado de un cuidado de crianza o institucional.
Un papel no menos importante tiene también toda la señalización vial, porque hay tramos en los que se puede ir más deprisa que en otros, incluso líneas continuas que no se deben franquear, como las señales de “prohibido” y los semáforos que intermitentemente permiten que nos crucemos sin colisionar. En este sentido tiene mucho interés el libro de Cornelia Nitsch y de Cornelia Von Schelling (2003) titulado “Límites a los niños, cuándo y cómo” de la editorial Medici.
Bibliografía recomendada
Madigan S, Fearon, R, van IJzendoorn y cols. The first 20,000 strange situation procedures: A meta-analytic review. Psychological Bulletin, 149(1-2), 99–132, 2023. https://doi.org/10.1037/bul0000388
Nitsch C, Von Schelling C. Límites a los niños, cómo y cuándo. Medici, 2003.
Belén Mingote Bernad. Psicóloga Sanitaria
José Carlos Mingote Adán. Médico Psiquiatra
